miércoles, 24 de junio de 2015

Propósitos de verano

El verano es una época especialmente indicada para hacer limpieza de los más diversos elementos que has ido acumulando a lo largo del año (que para mi realmente sigue teniendo un ritmo similar al escolar).

Lo curioso de esos procesos, si no se hacen a tontas y a locas, es que repasando lo que vas a tirar o reordenar, te acabas encontrando con cosas de lo más curioso. En estas estaba cuando me dio por repasar lo apuntes y notas que tomé mientras leía hace ya varios años un libro de Daniel Innerarity,  La democracia del conocimiento. Por una sociedad inteligente.  Me llamó la atención una nota en la que el filósofo considera que la característica de la sociedad actual es el desconocimiento y la incertidumbre.

Curiosa afirmación para una sociedad que se siente orgullosa de sí misma y se autodefine como una sociedad del conocimiento. Quizá lo que nos sucede es que confundimos desconocimiento con ignorancia. Es cierto que es posible que nunca en la historia haya habido tanta gente formada en tantas cosas, el problema es que el propio avance del conocimiento nos pone al descubierto, como ya advertía Sócrates, que no tenemos ni idea. Nuestro problema precisamente es que pretendemos saber lo que no sabemos y creemos estar en posesión de una verdad que siempre se ha manifestado como lo que es: escurridiza.

Pero nos pasa algo más todavía más grave. Vinculamos la idea de conocimiento con su inmediata utilidad. Creemos a pies juntillas que sólo necesitamos conocer lo que es útil. Estamos aquejados por la nueva fe científico-técnica. Nos hemos creído los dogmas de la nueva secta dominante y entregamos nuestra alma en el altar de lo pragmático. Sólo lo que es útil es digno de ocupar un espacio en nuestra sociedad, en nuestra vida y en nuestras preocupaciones.

Se tiñe esta proceso ideológico, profundamente emparentado con el ultraliberalismo porque coincide en sus valores y sus efectos, por el prestigio de lo científico; pero en realidad esta ideología aborrece lo verdaderamente científico porque en su estrecha consideración sólo tiene valor lo que tiene un interés inmediatamente práctico y la esencia misma de lo científico es que su única función es desentrañar los porqués de las cosas sin saber o plantearse cual es la utilidad de ese saber.

Nos vendría bien aprovechar el verano para hacer limpieza de todos estos lugares comunes que se nos han ido colando en la mollera y dejar espacio al verdadero motor del conocimiento y del saber que es la curiosidad. Dejarnos tentar por los retos de lo desconocido y dejar que entren por puertas y ventanas las inspiraciones de los hombres y mujeres sabios que nos precedieron y dejaron su impronta en las más variadas obras del saber humano.

A veces las más poderosas razones las encontramos en los libros de poesía, en las novelas y libros de historia que describen el mundo que vivimos y aún el que vivieron nuestros antepasados que no en vano cometieron los mismos errores que nosotros reiteramos fieles herederos de la sinrazón humana; en los libros de divulgación científica más alejados aparentemente de nuestro aparente interés inmediato que nos sorprenden con intuiciones que pueden ayudarnos a entender lo que nos sucede cada día; en todo aquello que no cogeríamos ni por casualidad porque nos parece un tocho infumable porque no es práctico ni para fugarse de la realidad cotidiana. En fin que el verano es un buen momento para desentumecer las meninges, liberarlas de la carga de lo inmediato y soñar con los mundos posibles y que nos hemos negado a reconocer que tenemos al alcance de la mano.


1 comentario:

  1. "No sabes nada, Jon Nieve"
    La urgencia de las preguntas suele empujarnos a elaborar respuestas tan breves como su validez o vigencia. Necesitamos encontrar el espacio para el pensamiento profundo, para el objetivo lejano, pero es complicado apartar la urgencia.
    Buen verano

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